DESDE CARACAS.- Salir de casa para traspasar fronteras, pero también para practicar el complejo arte de holgazanear. Tal el desafío que nos plantea Claudio Magris en las páginas de El infinito viajar (Anagrama, 2008), obra inclasificable donde se recogen las impresiones de este trashumante escritor italiano durante sus periplos por Asia, Europa y Oceanía.
El prefacio, cargado de agudas y pertinentes reflexiones, pone en aviso al lector sobre el hecho de que no encontrará en los capítulos por venir las crónicas dulzonas de los folletos turísticos, sino la sabia alternancia de descripciones de maravillas geográficas con apuntes nacidos de una atenta mirada sociológica.
De este modo, Magris se nos revela como un acucioso testigo que tanto se detiene frente a la estampa del padre que, en el Museo Thyssen de Madrid, inicia al hijo retardado en la contemplación gozosa del arte pictórico de Tiziano («Ese amor paterno filial hace que esas dos personas se basten, como se basta el amor»); como en los rostros, entre melancólicos y burlones, de los viejos comerciantes congregados en el Mercado de las Telas de Cracovia, («A lo mejor también existe un rostro polaco, una expresión de la cara marcada, como por arrugas, por los acontecimientos del destino).
El refinado escritor, que también reclama para sí la condición de despreocupado callejeador, repudia el viaje apremiante y apremiado característico de hombres de negocios o conferenciantes profesionales. Un desplazamiento frenético que acumula millas promocionales al precio de semejar el orgasmo agobiado de una eyaculación precoz.
“Viajar sintiéndose siempre, a un tiempo, en lo desconocido y en casa, pero a sabiendas de que no se tiene, no se posee una casa. Quien viaja es siempre un callejeador, un extranjero, un huésped; duerme en habitaciones que antes y después de él albergarán a desconocidos, no posee la almohada en la que apoya la cabeza ni el techo que le resguarda. Y así comprende que nunca se puede poseer verdaderamente una casa, un espacio recortado en el infinito universo, sino tan sólo guarecerse en ella, por una noche o durante toda la vida, con respeto y gratitud. No por azar el viaje es ante todo un regreso y nos enseña a habitar más libre y poéticamente nuestra propia casa”, reflexiona Magris.
Finalmente, aturdido por los recuerdos infames de los campos de concentración nazi en Polonia, el intelectual italiano, desde el casco histórico de Varsovia, nos advierte: “Bertolt Brecht calificaba de tristes los tiempos que necesitan héroes, pero sabía muy bien que en los tiempos tristes –como lo eran los del dominio nazi y lo son los de tantos otros dominios y amenazas- se necesita precisamente a los héroes.
No, desde luego, a los héroes monumentales y retóricos, inflamados de ardor guerrero y orgullosos de hacerse los valientes y poner en peligro su vida y la de los demás; esta ostentación fisicoculturista de músculos y hazañas, gratas a los regímenes que ponen a marchar a la gente, es una parodia del coraje y provoca tragicómicos desastres.
Pero hay una valentía de la que, para vivir, no se puede prescindir; la valentía de quien detesta las marchas en fila y prefiere pasear o ir al bar pero sabe que, para defender su derecho y el de los demás de pasear o ir al bar, puede ser dolorosamente necesario vender la capa o comprarse una espada y afrontar, con el corazón acoquinado y el tembleque en las piernas, al Leviatán que siembra tiranía, crueldad y muerte (…) Porque hay momentos, en los que obviamente nadie desea llegar a verse, en los que sólo salva su vida quien está dispuesto a perderla”.




