La evidencia es tan contundente, tan meridiana, tan irrebatible, que hasta los más furiosos fanatismos se le rinden.
El golpista-presidente se ha ganado, sin contendientes, el "galardón" de gobierno más inepto de toda nuestra historia republicana.
Pese a contabilizar, en sus ocho años de funesto desempeño, los más altos ingresos fiscales que cualquier otra administración haya percibido entre 1830 y hoy, no ha sido capaz de resolver ni uno solo de los problemas de toda naturaleza que agobian a la población venezolana.
Peor, aún, esos problemas han venido agravándose, precisamente, como directa consecuencia de la ineptitud y de la total ausencia de sensibilidad social, sólo dado a la satisfacción de su narcisismo, de sus caprichos y delirios de "salvador del mundo", de generoso dador de la riqueza nacional en función de cosechar aplausos y respaldos de los gobiernos y los líderes internacionales comprados.
¿Ejemplos? En los ocho años de desgobierno han sido asesinados por el crimen organizado más de ciento cincuenta mil venezolanos. La inseguridad que campea en la República es de tal magnitud que, por ese concepto, las estadísticas mundiales le asignan el primer lugar a Venezuela entre los países más violentos y menos recomendables del planeta.
Y no solamente no se ha articulado una política para combatir y erradicar ese problema de solución prioritaria, sino que, por el contrario, el desgobierno inepto, militarista y corrupto compra armas a diestra y siniestra y a costo milmillardario para dotación de la fuerza armada, que usa tales armas no para defender la soberanía nacional y la integridad del territorio, sino para sumar más asesinatos a la dramática estadística del crimen, como acaba de ocurrir con la masacre de La Paragua, estado Bolívar, donde los helicópteros y los fusiles recientemente comprados a Rusia fueron alegremente usados para matar, con alevosía, a doce mineros venezolanos, según testimonio de los sobrevivientes.
En materia de vivienda, no ha construido ni cien mil casas en todo su mandato. El año escolar no ha podido ser iniciado en la mayor parte de la geografía nacional por inutilidad comprobable de las edificaciones escolares.
En cuestión de salud, reaparecen enfermedades que los gobiernos democráticos habían erradicado, como el paludismo y la tuberculosis, así como crecen vertiginosamente los índices de mortalidad infantil. En un solo día de la semana pasada, murieron cinco niños en el estado Bolívar por causa de la desnutrición.
Está prácticamente en el suelo la infraestructura vial, que fue orgullo del país. El complejo industrial nacional ha sido reducido a la mitad, como consecuencia de las antipolíticas gubernamentales que se manifiestan a través del Seniat, de la Superintendencia de Bancos y del Instituto de Protección al Consumidor, hoy verdaderos instrumentos represores de la libre actividad empresarial y productiva.
La producción nacional ha caído estrepitosamente y el país depende de la importación para alimentarse. La inflación supera el 15%, lo que la hace la más alta del continente, y el desempleo supera el 20%. El Banco Central, que antes gozó de confianza, prestigio y solidez internacional, hoy es conducido hacia la quiebra por acción directa del golpista-presidente.




